Ancestral trueque se dio en Gualchan y en Pimampiro

En dos localidades del norte de Ecuador se vivió el último fin de semana una jornada del ancestral trueque, en donde el dinero quedó sin valor.

En una camioneta color rojo, repleta de bultos que contenían papas, mellocos y habas, llegó Hugo Báez hasta el centro de Pimampiro, un pequeño cantón ubicado al noreste de la provincia de Imbabura. Las placas amarillas del automotor revelaron que el agricultor provenía del municipio de Tuquerres, del departamento de Nariño, sur de Colombia.

Al hombro descargó los productos que trajo desde su tierra natal. “Hola, veci”, decía al pasar al lado de cientos de personas que no conocía. A pesar de ello, todos le respondieron el saludo. Al costado derecho del polideportivo, donde halló un pequeño espacio, se ubicó junto a la cosecha de la semana.

De inmediato, una mujer de unos 70 años, que tenía la vestimenta tradicional del pueblo Caranqui, con alpargatas, anaco, blusa plisada y sombrero, se acercó a negociar. En las manos traía dos tazones verdes llenos de aguacates. “Le cambio por habas, mi bonito. Eso me hace falta para hacer la fanesca”, le dijo. Don Hugo aceptó y llenó un tazón rojo del mismo tamaño con habas e intercambiaron los productos.

A pocos metros de ahí, otra transacción sin dinero se concretaba. María Perugachi de 36 años, sentada en el piso, con su hijo de 2 años atado a su espalda, intentaba cambiar limones por chochos. Mateo Chiluiza, de 13 años, no estaba convencido del negocio. La misión del menor era conseguir queso por los chochos.

La puja duró al menos 5 minutos y al final Mateo desistió del trueque. “Es que mi abuelita me dijo que cambie por queso. Eso nomás nos hace falta para tener todos los ingredientes de la fanesca”, enfatizó.

Antes de que caiga el sol, Mercedes Salcedo de, 54 años, oriunda de Pimampiro, ya amarraba los sacos de yute y tapaba los baldes de plástico en los que guardó todo lo que obtuvo con el trueque. La sonrisa se le escapaba a cada momento, pues fue un buen día de comercio.

“Yo traje cinco bultos de mandarinas orgánicas que no pude vender en el mercado mayorista de Quito. Y ahora me voy con aguacates, fréjol, habas, chochos, choclo, arveja. Ya solo me falta comprar el pescado para poder hacer la fanesca para mi familia”, comentó.

Limpió su lugar de intercambio de dos metros cuadrados con una escoba y abandonó la explanada de unos cuatro mil metros cuadrados, hasta donde entraron y salieron unas seis mil personas de diversas partes del país y del sur de Colombia, desde la mañana del último viernes hasta la noche del sábado 13 de abril.

“Aquí el dinero pierde su valor y se cambia ese concepto de valor de cambio por valor de uso. Si usted quiere algo que le interesa, no se preocupe por su valor económico, sino por cuánto usted puede dar por ello”, explicó Óscar Narváez, alcalde de la localidad.

Esta actividad ancestral, de la cual se han encontrado registros y vestigios de más de 500 años, se desarrolla horas antes del Domingo de Ramos, de forma espontánea. No hay organizadores. Esa característica la convirtió en 2017 en patrimonio cultural inmaterial del Ecuador. (F)

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